lunes, 14 de septiembre de 2009

Estoy lista para ir a la horca

Colaboración para Diario de Noticias
por Fátima Frutos

"Estoy preparada para ir a la horca pero no me lapidéis. No me lapidéis. No lo hagáis. No podré soportarlo". Éstas son las escalofriantes palabras pronunciadas por Khayrieh y lanzadas al mundo por organizaciones de derechos humanos como Amnistía Internacional. Efectivamente, en la lapidación la mujer puede soportar golpes fuertes sin perder el conocimiento y por eso ésta es una de las formas de asesinato y tortura más crueles y abominables que existen sobre la faz de la Tierra. Las piedras que son arrojadas tienen una medida determinada, nunca grandes, para que ninguno de los presentes pueda caer en la tentación de apiadarse de la rea y, viendo su sufrimiento, lanzar un golpe certero en la sien para acabar con su vida al instante. Hasta los perros enfermos que son catalogados como peligrosos y han atacado a un menor causando daño tienen derecho a morir limpiamente de un disparo. No así en el caso de una mujer.
Se la enterrará hasta la cintura porque a la vista de los justicieros deben quedar órganos vitales como el corazón de la pérfida adúltera . Eso sí, se le tapará por completo, sobre todo el rostro, para que no se vean los efectos que causan las continuas pedradas sobre el cuerpo y para ignorar que un alma femenina aterrada de tanta inmundicia humana huye despavorida por unos desorbitados ojos.
Si revisamos los casos de mujeres que corren el riesgo de ser lapidadas y que aguardan la sentencia en prisión, nos encontramos con situaciones aberrantes de extrema pobreza, en que las mujeres son obligadas a ejercer la prostitución por sus propios maridos para mantener a la familia; violaciones en el seno familiar por parte de hermanos y allegados al esposo; procesos de violencia doméstica en que el estado psíquico de la esposa maltratada durante años resulta ser un estorbo que es mejor solucionar con una acusación de adulterio; venganzas por celos; escarmientos por un supuesto honor dañado debido al rechazo de la mujer a casarse; relaciones calificadas de ilícitas entre adultos que se quieren, pero que no son admitidas socialmente y un largo etcétera.
El problema de la impunidad ante el feminicidio no es exclusivo de países árabes de corte fanático-radical. Recuerdo vivamente que en mi etapa centroamericana en la ciudad guatemalteca de La Antigua salió una ordenanza municipal por la cual se sacrificarían a los perros vagabundos. Al día siguiente una inmensa manifestación protestaba por tal medida. En esa misma ciudad diariamente mueren tres mujeres a manos de sus novios, maridos o compañeros y nadie sale a manifestarse. La vida de una mujer vale menos que la de un perro en determinados puntos de este planeta nuestro. Y todavía en la moderna civilización occidental cuando una mujer mata defendiéndose sale en primera plana y cuando muere en medio de la brutalidad y la extorsión sexual "es que ejercía la prostitución". Todavía desde muchas instituciones no se quiere pronunciar la expresión violencia de género y se recurre al eufemismo "malos tratos". Todavía muchos políticos en este país consideran que la desigualdad de género es una invención de las feministas y que no es la base de este tipo de violencia. Todavía no vemos a todos los sectores de la Iglesia condenando las muertes de mujeres, que por lo visto están protegidas como el lince ibérico, pero quizá no lo estén tanto.
Estoy lista para ir a la horca. Hoy soy María Estela, Nadia, Khayrieh, Parisa, Kobra, Fatemeh... Hoy, al igual que ellas, soy mujer y me enfrento a la vida y a la muerte desde mi bendita femineidad.